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Qué brete

En las páginas 89 y 90 de “Codicia e Intelectualidad” (Editorial Lectorum, 2004), Víctor Roura cita a Gabriel Zaid: “La humanidad publica un libro cada medio minuto. Suponiendo un precio medio de 15 dólares y un grueso medio de dos centímetros, harían falta 15 millones de dólares y 20 kilómetros de anaqueles para la ampliación anual de la biblioteca de Mallarmé, si hoy quisiera decir: ¡Hélas! La carne es triste y he leído todos los libros. Los libros se publican a una velocidad que nos vuelven cada día más incultos. Si uno leyera un libro diario, estaría dejando de leer cuatro mil, publicados el mismo día. Es decir: sus libros no leídos aumentarían cuatro mil veces más que sus libros leídos. Su incultura, cuatro mil veces más que su cultura.” Y amplía un poco más abajo: “Después de leer cien, mil, diez mil libros en la vida, ¿qué se ha leído? Nada. Decir: yo sólo sé que no he leído nada, después de leer miles de libros, no es un acto de fingida modestia: es rigurosamente exacto, hasta la primera decimal de cero por ciento. Pero, ¿no es quizá eso, exactamente, socráticamente, lo que muchos libros deberían enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente ignorantes para llegar a ser ignorantes inteligentes”.

El texto anterior renovó la afirmación de Ikram Antaki que en alguna entrevista afirmara que para que un individuo fuera culto era necesario que leyera 40 mil libros en su vida.

Visión perturbada. Óleo sobre cartulina. 23.8 x 24.1 centímetros.

Si uno iniciara con el placer de la lectura a los ocho años y la vida propia llegara al promedio de 76 años, serán necesarios 68 años de lectura constante, así, la suma anual de libros leídos queda en 588.2 lo que corresponderá a 1.61 libros por día, por lo tanto, con terrible angustia, transformado convenencieramente el término de libros por el de textos, aun así, con vergüenza… Desea uno que la cifra de 40 mil sea una cantidad símbolo, algo así como el reiterativo 40 y el setenta veces siete en La Biblia o el cuatrocientos entre las culturas mesoamericanas -concretamente la mexica- que son igual a infinito, incontables, indeterminado, muchos (muchísimos)… y aun así… Nos intimida el número y, junto a él nos impedimos el placer del discreto saber manifestado en el silencio. Nos impulsa la soberbia, la pedantesca efervescencia verbal para demostrar un conocimiento sin una mínima interrogación. Olvidamos que hasta para formular una interrogante (sin la impertinencia del culto momentáneo), también es necesario poseer un mínimo de ese saber.

Para “ser culto” y vencer la imposibilidad de leer los cuatro mil textos editados diariamente, es requisito conocer las 6 533 lenguas aceptadas por vigentes (de ellas, un aproximado de 310 extintas). En México, país en el que la lectura promedio es de 3.5 libros por año (otros reducen la cifra a un desesperante 1.6), resulta un imposible, pero, ese imposible, lo mismo que la felicidad, el amor y la tranquilidad, la justicia, no deja de ser un anhelo a obtener.

(Yace en el asunto un detalle casi nimio: leer no es sinónimo de comprender, ni comprender de compartir; ser culto no es lucimiento intelectual, al final es saber de las diferencias entre humanos y aceptar al otro tal cual es sin la aberrante ofensa de la tolerancia).

Adheridos a la esperanzadora definición del señor Juan José Arreola y aceptado que: “Cultura es lo que queda después de olvidarlo todo”, el agobio por esos 4 mil libros no leídos sumados día a día, será un saldo cuatro mil veces menos agobiante si de menos leyéramos, comprendiéramos un textito por día.

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