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¡Mañana! (sin falta)

Temprano visitaré al oculista, al oftalmólogo, al optometrista… al especialista correspondiente para una revisión exhaustiva a estos ojos que desde hace algunos días me traen atolondrado con luminosidades exacerbadas, destellos sin fuente lumínica, sombras y vislumbre de formas desaparecidas al primer parpadeo.

Porque ya agotó a la mermada paciencia el engaño de algún movimiento sin cuerpo, la agitación en el entorno durante los días en calma, las figuras inexistentes sobre la cara de la luna, las estrellas fuera de su lugar y la pérdida de las diferencias focales. En el deteriorado enfoque visual, las personas perdieron su tercera dimensión: algunos yacen desalmadas en la superficie de los periódicos, otros sobre la cara de los papeles de baja, media o alta calidad ¿hay algunos extremadamente finos: importados, por supuesto?: recipientes diferenciados sólo en lo alto y ancho para formas sobre fondos desvaídos en donde todos ¿al final, crueldad del tiempo? caerán lánguidamente a manera de estipes polvosas arrastradas por el viento helado.

Reposo. Acrílica sobre cartulina. 21.5 x 28.0 centímetros.

Van y vienen figuras rupestre, petroglifos, una traza estructurada a la usanza del tlahcuilo, copias de la cámara oscura, siluetas al estilo de Thomas Wedgwood, granulosas reproducciones a la manera de Joseph Nicéphore de Niepce, del logro de Daguerre… y algunas, hasta pregonan ser hechiceros resultados de la hasta hace poco imprescindible Kodak; las hay pretensamente orientales o trazadas con las toscas hendiduras de cuña con el delicado pulso hindú o la elegante pincelada oriental; burdas imitaciones renacentistas o la rebasada formación surrealista… hay de todos estilos y gustos, alguna hasta imita el pendular hierático de unas caderas egipcias.

La bella vecina es hoy un trazo, un ideograma puesto en la superficie de una hoja de papel de arroz; aquel otro, aparenta ser una imagen trazada por mano de tonsurado persuasivo imitador de las garigolas en los salterios, bestiarios y herbarios antiguos y es acompañado por una alta y recargada capitular en madera del siglo XVI (¿o XVII?) y a su derecha, con la rústica talla de la gubia y el buril sobre la madera, yace una distorsionada figura caprina.

Una familia adelante ondea su plana corpulencia con la gama intensiva de los medios tonos ¿apariencia del aguafuerte?, carente del amplio abanico tonal de la fotografía rodeada de humanoides copiados a las planchas de metal, de la madera, del linóleo.

Hay en la presente visión de los personajes el sello propio de una pantalla de 30 líneas sobre el burdo papel, la huella casi perdida de una trama de 54 puntos, modernidad rebasada de los ya añejos folletos publicitarios émulos fatuos de aquella revista de modas cuyas imágenes eran reproducidas con la sutileza de los ochenta puntos por pulgada anticipadora de las finas tramas contemporáneas para cobijar la retocada estructura de una dama cuyas formas suaves son estímulo sensual a través del buscado sistema de traslación de la fuente al papel, sin pantallas y sin láminas.

Algunos serán determinantemente un desechado, torpe trabajo a la pluma, o bien, ocultos entre cajas húmedas y moho, perecerán con el mismo destino de los bocetos de algún dibujante enajenado, copias craqueladas o pésima herramienta en manos de aprendices en el recorte serigráfico (estarcido)que nada tienen que hacer con los íconos del Andy Warhol al que tantos imitan; seres a “la aguada”, trazos de sanguina, rompecabezas en duotono; formas repujadas en grosero cartón, siluetas suajadas, repeticiones degradadas de papel picado, criaturas unidas por las manos en el “papel revolución” recortadas a tijera junto a cantidades enormes de muñequitos de origami aplastados, difusos y carentes de nombre … todos caerán, estipe de polvo arrastrados por el viento helado, en tanto yo, estrujado en la eternidad del cartel engomado sobre el muro, lentamente degradado, arrancado en pequeños fragmentos por la lluvia y los soles inclementes, con el jalón de las tolvaneras y las resequedades repetidas, mantengo la imagen gioser primigenio de su belleza juvenil trasladada al tiempo presente.

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